sábado, 2 de septiembre de 2017

Una lectura hacia la violencia de la mujer

El problema de la violencia hacia la mujer es esconder, disfrazar o pasar por alto la raíz de donde se origina, es decir, en aquello en lo que se ha arraigado o normalizado como elemento cultural. En este sentido, cada cultura concibe lo que es ser hombre y lo que es ser mujer. Entonces esto significa que ambos conceptos atraviesan por una palabra que muy seguido escuchamos, la palabra género.  ¿Qué es el género? Podríamos empezar a decir, que género es el conjunto de características y atribuciones que cada sociedad y cultura le asignan a los seres humanos en función de su sexo. Eso significa que el género se constituye en un conjunto de saberes sociales, tales como creencias, discursos, instituciones y prácticas sobre las diferencias entre los sexos. Para entender mejor el tema de los hilos de la violencia es importante considerar a ésta como drenaje de energía, hace apenas unos días nos enteramos del crimen contra una joven reina de belleza en Honduras, asesinada por su cuñado y el motivo por celos. Sobre ese caso, revisaba el foro de un periódico que hablaba sobre el tema, y me llamó la atención el comentario de un joven en el foro que decía “no hay crímenes pasionales, es machismo”. Esta expresión tiene mucho de razón porque refleja la estructura de una forma de pensar que va a drenar en un acto criminal.  En esa mentalidad hay dos elementos que discutir, uno es la violencia y el otro es el poder. Hay tres tipos de violencia según Johan Galtung (2003), la violencia directa, la estructural y la cultural.  Vamos a entender la violencia tal como la conceptualiza este autor, como una afrenta a las necesidades humanas básicas y más globalmente contra la vida. ¿Cuáles son esas necesidades? La primera las necesidades de supervivencia, necesidad de bienestar, necesidad de representación y finalmente necesidad de libertad. ¿Qué mujer no tiene necesidad de bienestar? La violencia se ejerce contra ese bienestar a través del desprecio, maltrato, descalificación, acoso, negación de sus derechos y disminución de sus opciones vitales. Veamos algunos ejemplos, de este tipo de violencia, una mujer que no pone limite durante mucho tiempo a ser objeto de maltrato por parte de su marido. A pesar del infierno en que vive, la mujer calla, no denuncia, no hace nada por pedir ayuda, por irse, se queda silenciosamente junto a quien la maltrata y dice hacerlo por amor. ¿Es por amor al otro o por el amor del otro? Dicen que lo hacen por él, porque las necesita, pero no es cierto: ellas necesitan esa relación para no ir a la deriva, aunque les cueste la vida. Necesitan ser únicas para el otro. “Nadie me va a querer nunca así” escuchamos a veces. Otras pueden reconocer una satisfacción íntima en que ellos –sus parejas- no puedan vivir sin ellas. Eso las hace sentir especiales de manera absoluta. No hay riesgo de que las dejen. Precisamente el riesgo es que no las dejen, que el otro no se pueda separar y ellas tampoco. Sin embargo esta parte no puede ser ajena a la explotación, qué es violencia estructural, que se ejerce como acto de dominación y que deriva en otro tipo de situaciones todavía más complejas como los salarios desiguales, pobreza, poder, dominio sobre la mujer, haciendo las condiciones en las relaciones, desiguales.  Finalmente una expresión más de la violencia, es la violencia cultural manifestada en el plano simbólico, lingüístico o ideológico. Un aspecto clave de la violencia simbólica tiene que ver con la identidad, ésta tiene que ver con la necesidad muy potente de pertenencia, por ejemplo, hoy es una amenaza para los varones que las mujeres ganen mejor que ellos o que tengan mejores empleos. Sin embargo, otro factor importante en las relaciones son los estereotipos que refuerzan conductas potencialmente destructivas y que se convierten en valores entronizados que configuran nuestras formas de pensar y sentir; por ejemplo, una de esas conductas es que desde niños nos dicen “los niños no lloran” o no “tienen miedo” son bien machos. Pareciera que el núcleo fuerte del varón en el que se demuestra su fuerza es la dureza, el éxito, el ocultamiento de los sentimientos y la competitividad extrema, el ejercicio de la dominación, estos forman parte de nuestra identidad como varones. En el caso de las mujeres, la violencia simbólica   se ejerce negando sus aportaciones, hay una invisibilidad como personas colectivas y una negación a la libertad. No podemos separar que entre estos tipos de violencia (estructural, cultural y directa) haya una constante fluidez de cada una de ellas, es decir, cada una fluye en la otra y se mantiene constantemente alimentando códigos que terminan drenando un efecto sobre las mujeres. El hombre que maltrata trata de dominar y doblegar a la mujer, controlando su vida y su voluntad, hasta llegar al extremo de eliminarla físicamente cuando no consigue lo que se propone. El varón no reconoce en la mujer a un ser humano igual.








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